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Leer se está convirtiendo en un privilegio: ¿qué pasa cuando los libros son demasiado caros?

Entrar a una librería puede ser una experiencia maravillosa hasta que revisamos los precios. Un libro que nos interesa cuesta 350 pesos, otro supera los 500 y aquella edición especial que tanto nos llamó la atención parece estar destinada únicamente a quienes pueden pagarla sin preocupaciones. Entonces ocurre algo curioso: una actividad que constantemente promovemos como indispensable para el desarrollo intelectual comienza a parecerse a un lujo. Nos dicen que debemos leer más, pero pocas veces nos preguntamos si todos tenemos las mismas posibilidades de hacerlo.

En México, el problema merece una discusión que vaya más allá de repetir que la gente no tiene hábitos de lectura. De acuerdo con los indicadores de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), basados en estimaciones de NielsenIQ BookData, el precio promedio de venta al público de un libro durante 2025 fue de 275.80 pesos. En el caso de la ficción para adultos, la cifra alcanzó los 304.97 pesos. Son cantidades que pueden resultar razonables para determinados consumidores, pero que adquieren otro significado cuando se comparan con las necesidades y posibilidades económicas de cada familia.

Porque el precio de un libro no representa lo mismo para todos. Para algunas personas, comprar una novela significa renunciar a un café o a una salida de fin de semana; para otras, puede representar una parte del dinero destinado al transporte, la alimentación o los gastos del hogar. Y cuando acceder a la literatura implica sacrificar necesidades más urgentes, resulta complicado sostener que leer depende exclusivamente de la voluntad.

El Módulo sobre Lectura (MOLEC) 2025 del INEGI reveló que el 62.5 % de la población alfabeta de 12 años y más leyó al menos un libro durante los doce meses anteriores. El dato demuestra que la lectura sigue formando parte de la vida de millones de mexicanos, aunque también invita a reflexionar sobre quienes permanecen fuera de esa práctica. Entre los motivos para no leer aparecen la falta de interés, la ausencia de tiempo y otras circunstancias personales. Sin embargo, reducir el problema a una cuestión de motivación ignora que los hábitos culturales también están condicionados por el entorno en el que vivimos.

Leer requiere algo más que saber reconocer palabras. Se necesita tiempo, acceso a materiales, espacios adecuados y, en muchos casos, una formación que permita desarrollar el gusto por los libros. Una persona que creció rodeada de literatura, con familiares que leían y recursos para adquirir nuevas obras, parte de condiciones distintas a las de alguien que nunca tuvo una biblioteca cerca o que solamente conoció la lectura como una obligación escolar. Por eso, cuando hablamos de fomentar lectores, también debemos hablar de las desigualdades que existen antes de abrir la primera página.

En este escenario, las editoriales que publican libros a precios accesibles desempeñan una función importante. Sus colecciones económicas permiten que obras clásicas y textos fundamentales lleguen a personas que posiblemente no podrían adquirir ediciones más costosas. Gracias a estas alternativas, autores como Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Oscar Wilde o Fiódor Dostoyevski pueden encontrar nuevos lectores sin que sea necesario invertir grandes cantidades de dinero.

Esto no significa que todas las ediciones económicas sean equivalentes ni que debamos ignorar sus deficiencias. Algunas presentan problemas de traducción, corrección, diseño editorial o calidad de impresión. Son aspectos que merecen señalarse porque también influyen en la experiencia de lectura. Una traducción deficiente puede alterar el sentido de una obra, mientras que los errores recurrentes pueden dificultar su comprensión. Pero reconocer estas áreas de oportunidad no debería llevarnos a despreciar automáticamente a las editoriales que buscan ofrecer alternativas de menor costo. Es posible exigir mejores estándares y, al mismo tiempo, valorar su contribución para ampliar el acceso a la literatura.

También es necesario comprender que producir un libro tiene costos reales. Detrás de cada publicación existe el trabajo de escritores, traductores, correctores, diseñadores, editores, impresores y distribuidores. Defender precios accesibles no puede significar desconocer el valor de ese trabajo ni exigir que quienes participan en la industria editorial reciban remuneraciones injustas. El desafío consiste en encontrar modelos que permitan sostener la producción cultural sin convertir sus resultados en bienes disponibles únicamente para un sector de la población.

Las bibliotecas públicas representan otra pieza fundamental de esta discusión. México cuenta con una Red Nacional de Bibliotecas Públicas que registra más de 7,400 espacios, pero su existencia no garantiza por sí sola un acceso equitativo. Importan también sus condiciones de funcionamiento, la actualización de sus colecciones, los horarios, la cercanía con las comunidades y los recursos disponibles para atender a sus usuarios. Una biblioteca no debería entenderse solamente como un edificio donde se almacenan libros, sino como un espacio vivo de encuentro, aprendizaje y participación cultural.

Los formatos digitales, los audiolibros, las librerías de segunda mano y los intercambios entre lectores también ofrecen posibilidades para reducir algunas barreras. Sin embargo, ninguna alternativa resuelve el problema de manera aislada. Leer digitalmente requiere dispositivos y, en ocasiones, conexión a internet; acudir a una biblioteca implica que exista una accesible; comprar libros usados depende de la disponibilidad de ejemplares. Incluso cuando el material es gratuito, siguen existiendo desigualdades relacionadas con el tiempo y las oportunidades para aprovecharlo.

Quizá también debamos cuestionar la manera en que hemos transformado la lectura en un símbolo de prestigio cultural. En redes sociales abundan fotografías de bibliotecas perfectamente organizadas, colecciones de ediciones especiales y recomendaciones que constantemente invitan a comprar nuevos títulos. Aunque estas comunidades pueden despertar el interés por los libros, también corremos el riesgo de confundir el amor por la literatura con la capacidad de consumir productos editoriales. Tener una colección costosa no convierte automáticamente a alguien en mejor lector, del mismo modo que leer una edición económica, prestada o digital no disminuye el valor de su experiencia.

La literatura tiene una importancia que difícilmente puede medirse por el precio de sus ejemplares. A través de ella conocemos otras formas de pensar, cuestionamos nuestras ideas y entramos en contacto con experiencias diferentes a las propias. Leer ficción, por ejemplo, nos permite explorar conflictos humanos desde perspectivas que tal vez nunca experimentaríamos personalmente. Pero si aceptamos que los libros pueden ampliar nuestros horizontes intelectuales, también debemos preguntarnos qué sucede cuando las oportunidades de acceder a ellos se distribuyen de manera desigual.

Promover la lectura implica, por supuesto, despertar curiosidad, recomendar buenas historias y construir comunidades lectoras. Pero también significa defender bibliotecas funcionales, reconocer el trabajo de las editoriales independientes, apoyar proyectos de publicación accesible y exigir políticas culturales que faciliten el encuentro entre los libros y sus posibles lectores. No basta con celebrar la literatura mientras permanecemos indiferentes ante las barreras que dificultan su acceso.

Tal vez la pregunta no debería ser únicamente por qué algunas personas no leen, sino qué estamos haciendo como sociedad para que puedan hacerlo. Porque cuando hablamos de libros, no estamos discutiendo solamente objetos impresos o productos de una industria. Estamos hablando de conocimiento, imaginación, memoria y participación cultural. Y una sociedad que reconoce el valor de la lectura no debería conformarse con recomendar libros: también tendría que procurar que cada vez más personas puedan acceder a ellos.

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